lunes, 7 de julio de 2014

Bailando un sueño

Colombia acaba de vivir un mes especialmente anómalo.

Después de vivir una campaña electoral polarizada como hacía mucho tiempo no se vivía, en la que los fanatismos enfrentaron a un país que no se pone de acuerdo en política, partieron 23 colombianos a Brasil, en búsqueda de una Copa que le ha sido esquiva al país desde siempre.

El Mundial de Fútbol Brasil 2014 ha despertado todo tipo de sentimientos y no puedo evitar escribir sobre algunos de ellos:

  • La fiebre amarilla
¿Qué tienen estos jugadores que han logrado unir a todo un país en un sólo deseo? Son sólo 23 hombres, pero ciertamente han sabido representar los intereses de su pueblo, así sean banales, mejor que los cientos de representantes del Congreso, que aparte de ganar un sueldo ridículo en un país lleno de  miserias, muchas veces pareciera que su trabajo consistiera en estar lo más ausentes posibles de sus deberes reales.

Por otro lado, nuestros jugadores vienen de una Colombia diversa, cercana y real. No todos vienen de Bogotá. Hay que viajar a Necoclí, Cúcuta, Chocó, a lo ancho y largo de éste país para conocer sus cunas. Sus familias no son matrimonios perfectos con herencias acumuladas de varias generaciones políticas, son familias reales, con dificultades reales. Ninguno de ellos viene de las mismas 3 universidades de Bogotá que gobiernan el país, ni llegaron donde están por roscas ni favores con nadie. Se deben a su talento y a la fuerza de sus sueños, viven de lo que realmente aman y no de lo que las circunstancias obligaron.

Está tan conectado a la realidad de los colombianos, que hace 20 años ya, el narcotráfico, que ha puesto tantas veces de luto a Colombia, puso de luto las canchas por la muerte injusta de aquel caballero de la cancha, que con un autogol descuadró los planes de muchos y éstos, para descuadrar los de él, decidieron terminar con su vida. 
  • Pan y circo
Así, el fútbol, y más que el fútbol, sus protagonistas, nos muestran un país que puede ser algo más que "perder para ganar un poco". Hemos perdido ya demasiado. Merecemos sonreír, merecemos celebrar, merecemos olvidar por un momento, y en el deporte hemos encontrado una razón sincera para volver a soñar con un futuro mejor, lleno de jóvenes con capacidades y lleno de mayores con sabiduría y liderzago que siguen rompiendo récords, no sólo para llevar a un país a la gloria futbolística o a lo más alto de un Giro o a lo más largo de un salto, sino también para llevar al país a un futuro mejor en todos los aspectos. 

Pero tal vez estemos hablando demasiado, dándole demasiado crédito a un montón de muchachos que corren detrás de un balón para darle patadas cual salvajes. Tal vez todo es una cortina de humo. Sí. Tal vez.

Pero prefiero ahogarme en este humo amarillo que genera lágrimas de alegría, que en ese humo al que estamos acostumbrados, lleno de tragedias lamentables como lo fueron Armero y Fundación, pero también lleno de parodias como los escándalos de prostitutas en Cumbres que no cumplieron las expectativas. 
Perdónenme si prefiero embriagarme en esa mancha amarilla que canta con más propiedad que nunca uno de los himnos más hermosos del mundo, el mío.

Sin embargo, hemos de aprender que la vida, durante ese mes que dura el Mundial, es mucho más que fútbol y que ciertamente podríamos intentar no perder el foco en algo que sea diferente. Admito que soy culpable de dejarme cegar tan fácilmente y prometo que no volverá a suceder. Pero también prometo que me dejaré llevar por esta ola que surge cada 4 años.
  • Los demonios
¿Qué empaña entonces la alegría de los colombianos que ven surgir en las canchas de Brasil las nuevas leyendas del fútbol?, ¿qué ocasiona cientos de revoluciones, desaparecidos, desplazados y demás tragedias en el país anfitrión?
Para encontrar la respuesta se debe llegar a ese punto turbio, sucio e infructuosamente maquillado, en el que el deporte y los intereses de un peculiar se unen, en el que una Federación decide quién es local, impone condiciones estrictas que, sin importar la capacidad que tiene un país para cumplirlas, son inflexibles y terminan afectando profundamente a un país que juega de local. Así, el certamen se vuelve excluyente y peligroso, y deriva en otras acciones igual de sucias al origen. La compra de arbitrajes, la obligación del local de ganar para evitar un estallido social y la hipocresía terminan con la emoción y las ilusiones de un país que vio volver a casa a sus jugadores cuando todavía tenían tanto que dar y le clavaron de nuevo un puñal a Colombia, un país que los intereses personales la han llenado de cicatrices.
  • No aprendemos
Esa polémica que han generado los "chistes" extranjeros con nuestra situación de drogas en el país. De nuevo nos unimos en una sola voz que, ofendida, le gritó al mundo que ese no es el país en el que vivimos. Y exigimos respeto.

Pero que hipócritas nos vemos al llenar las redes sociales con estos famosos narcotraficantes que cobrarán venganza contra un árbitro bastante mediocre. Que bueno que nos respeten afuera! Mientras que aquí "EL propio" para solucionarnos los problemas es un personaje idealizado, que llena nuestra televisión, redes sociales, mentalidad y cultura.

Así sí que nos va a quedar fácil limpiar nuestro nombre, si somos nosotros mismos los que nos llenamos de barro.
  • Sí sí Colombia, sí sí Caribe!
Gracias mi Selección! Gracias porque lo diste todo, porque nos pusieron a bailar un sueño, porque nos hicieron llorar y reír, porque se van con la frente en alto, llenos de humildad, talento y amor a este país. Gracias porque hoy nuestros niños vuelven a soñar con balones y no con armas. Porque un extranjero vino a traernos alegrías. 
Los espero en 4 años, lista para llenar el álbum, para bailar los goles y seguir soñando!

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