Pasada más de una semana de los diferentes e inesperados ataques en París a la libertad de prensa por parte de extremistas religiosos; pasada una semana de entender un poco más de francés y un poco menos a la humanidad de la que hacemos parte, es tiempo de alejarnos un poco de la que por unas horas fue "la capital del mundo" para volver a casa y entender el panorama de un mundo mucho más complejo y mucho, mucho más violento.
No pretendo hablar de política, religión, libertad de prensa y opinión, eso sería tocar fibras muy sensibles y que pocas veces entienden de razón.
Respecto a Charlie Hebdo, sólo quisiera preguntar, ¿hasta dónde podemos escudarnos en "la libertad de expresión" para burlarnos de cuanto nos rodea?
Es cierto que se necesita criticar, señalar, reflexionar todo y no ser cómplices de nada para tener una prensa que cumpla su papel, pero, ¿hay acaso un punto en el que esa crítica y burla profesional se separa de la tolerancia y respeto que tanto reclamamos a los extremistas?
No excuso a aquellos que empuñan un arma para hacerse oír, pero digo que el hecho de no empuñarla no nos hace ni víctimas, ni menos culpables del odio y la intolerancia en la que vivimos sumergidos.
Ahora, volvamos a ese mundo complejo y violento en el que vivimos, lleno de contrastes que muestran lo profundo de nuestra naturaleza humana.
Dirijamos nuestra mirada a un país que, al igual que Francia, está habitado por personas con sueños e ilusiones; con niños, madres y padres, lleno de maravillas e historias, pero que, a diferencia del país europeo, no cuenta con una gran cantidad de prensa o reporteros, ni aliados políticos poderosos que se unan a sentidas y multitudinarias marchas, ni una población unida alrededor de su dolor. Sin embargo, la mayor diferencia que tienen estos países, es que mientras el mundo entero lloró la muerte de menos de 20 ciudadanos parisinos, Nigeria, el país del que les hablo, no tuvo quien llorara sus cerca de 2000 muertos. Nadie, Porque incluso las personas de este país africano se identificaron más con la consigna de "Je suis Charlie" que con el llanto de las ciudades que, literalmente, desaparecían a sus espaldas.
¿Qué diferencia tienen las 2000 vidas africanas calculadas por Amnistía Internacional, con las de 14 franceses? ¿Por qué Hollande logró convocar marchas alrededor del mundo, mientras que su colega nigeriano se niega a aceptar que las muertes en su país, a manos de extremistas, superan las 150? ¿Por qué sobre este mandatario no pesa ningún tipo de presión o miedo frente a los extremistas que tienen paranoico a un continente entero? ¿Por qué al mundo parece no dolerle estas vidas, en la que se cuentan niños por centenares? ¿Por qué ya no son noticia las 300 niñas secuestradas en una escuela, que ahora las venden como esclavas o las sacrifican como niñas kamikaze?
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¿Será que ponerle rostro a 2000 víctimas es demasiado trabajo? O demasiado doloroso? Tal vez, muy incómodo...
¿Será que al no ser un país potencia no hay necesidad de mostrar solidaridad? Para qué hacer a los políticos perder su tiempo? Para qué hacernos perder el tiempo...
¿Será que por ser africanos, hijos de un continente estigmatizado por la violencia, muerte y pobreza, consideramos que sus vidas poco valen? Y por ende, su ausencia poco se nota...
Vivimos en una sociedad con doble moral, en la que todo nos ofende, pero muy poco nos mueve. En la que todo tiene que cambiar, pero no por nuestras acciones. En la que el culpable es aquel que empuña un arma, y jamás aquel al que le es indiferente la muerte que lo rodea. En la que odiamos a nuestros políticos, pero no los presionamos para que nos representen de verdad.
Vivimos en una sociedad siendo espectadores, parte del problema y sin entender que la capacidad que tenemos para destruir, la tenemos para crear y ser la solución a un mundo complejo, violento y caótico.
Que descansen en paz las víctimas de París, Nigeria y la intolerancia humana que reina en nuestro mundo.